
EL VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA DE MARINA NÚÑEZ
Menene Gras Balaguer
El nuevo proyecto expositivo de Marina Núñez, TANTOS MUNDOS EN ESTE, narra una experiencia paisajera, como diría Auguste Berque, que se puede rastrear desde el inicio de su trayectoria, donde la narrativa y las tecnologías se unen sin contradecirse y donde ella ha concebido figuras y localizaciones que sólo existen porque ella las ha creado. Pienso en la dimensión que opera lo fantástico como un género que se anticipa a la realidad y lo real, y el valor que se concede al impacto que se puede desprender de sus imágenes. Marina sorprende siempre, con cada nueva entrega, aunque haya consolidado sobradamente su manera de proceder, y su capacidad para el uso de la tecnología más avanzada y el conocimiento de programas de software que le permiten narrar lo que ella quiere narrar y cómo quiere hacerlo. La exposición que acoge el Museo Nacional de Antropología de Madrid no sólo lo confirma, sino que es una demostración más de su capacidad para producir y generar nuevas imágenes y nuevos regímenes en relación con su obra anterior y con aquello que somos. En la visita que hicimos juntas a la exposición un domingo por la mañana dos días después de la inauguración, me decía a propósito de la figura antropomórfica de gran formato postrada en el suelo, que se trata de un humanoide sin género atrapado en el universo. Me llevó después a contemplar esta figura desde la primera y segunda planta, para que viera cómo cambiaba el objeto de la visión dependiendo de la altura donde nos encontráramos.

La tierra es la casa de esta figura acostada sobre su propia sombra, que se nos representa sumida en un sueño que se nos revela en el entorno que la envuelve y que ella denomina tantos mundos en este, que es el nuestro y no otro. Todos y cada uno de los visitantes que acuden al museo pueden sentirse identificados con esta imagen paradigmática de lo que somos y el lugar o los lugares donde nacemos y morimos. La artista imprime una imagen del sistema planetario tal como ella lo entiende, sobre la superficie de 288 baldosas de 60x60cms, que cubren todo el suelo de una sala rectangular de 104 m2 a través de la cual ingresamos en el recinto expositivo. Cada baldosa representa un fragmento de la naturaleza que se prolonga sucesivamente de una a otra como un rompecabezas que se articula para fabricar tanto a la figura como el paisaje natural donde arraiga, imitando el modelo rizomático que en la botánica identifica la estructura y el comportamiento de algunas plantas al desarrollarse, ampliando sus raíces y a la par haciendo crecer indefinidamente yemas, brotes herbáceos, tallos, ramas, entrenudos y hojas, replicando un sistema de reproducción vegetativa que caracteriza a hierbas invasivas, malezas, ciertos árboles y arbustos u otros vegetales.
La figura parece una isla humana llena de mundos, como un árbol caído en una selva oscura rodeado de plantas extrañas que lo encubren. Recortada y colocada horizontalmente sobre un mar de tierra, respira gracias a los múltiples hilos que a modo de raíces se mezclan indiscriminadamente con sus respectivos nutrientes para mantenerla en vida. Y es esta misma figura humana asexuada que nos identifica o representa la que nos dice que somos tierra, y que sólo podemos ser lo que somos en la medida en que formamos parte de un todo, hecho de tantos mundos como los que pueden orbitar en un sistema planetario donde no existe límite ni se conoce ningún otro régimen que no sea el orden natural que rige el universo y la ley natural. Para Marina Núñez es esencial entender que somos tierra y que pertenecemos a la tierra como todos los demás seres de la naturaleza. Una tierra que nos devuelve al origen, diciendo que somos suyos. Pero el sistema planetario que ella nos hace ver gira en torno a este sujeto humanoide, en torno al cual se mueven los mundos flotantes que, al igual que las casi tres mil estrellas que se mueven en el universo que conocemos. De hecho, a este sujeto que aparece en el centro del universo, se le puede atribuir la representación de una tradición filosófica que ha situado al hombre en el centro del universo, desde la Antigüedad y el Renacimiento, pero la artista trata más bien de recordarnos que somos un mundo más en un universo que acoge todos los mundos en base al orden natural, sin diferenciar unos de otros sino a partir de una especie de sistema arbóreo que descifra las relaciones de dependencia existentes entre todos estos mundos.
Heliocentrismo y geocentrismo se vuelven a encontrar, porque el sol no parece estar en el centro de nuestro universo, sino al contrario, parece más bien que es la tierra la que está en el centro del universo en la lectura que hacemos de las poderosas imágenes que revelan los micro paisajes que se configuran en cada una de las baldosas, donde la naturaleza actúa libremente sin método ni códigos implícitos. Copérnico en el siglo XVI y Galileo, Kepler y Newton en los siglos XVII y XVIII aceptaron la idea de que la tierra se mueve alrededor del sol y que los planetas actúan por las mismas reglas físicas que rigen la tierra. El universo de Marina Núñez se compone de tantos mundos y todos orbitan en torno a este humanoide que ella sitúa en el centro, rodeado de mundos y mundos huérfanos que vagan en el espacio a una distancia que su reducido tamaño comparado con el de la figura se puede medir en miles de años, noches y días.

Entre los mundos que vemos adoptando forma de planetas como los que acostumbramos a imaginar, se deslizan innumerables puntos que se convierten en representación molecular de los elementos que nos componen y que nos dan la vida, en un caos que se organiza antes de dar forma a este sujeto. Un universo cuya antigüedad desconocemos, en el que la desaparición de muchas especies se acompaña de la aparición de otras nuevas, con motivo de fenómenos atmosféricos devastadores o de explosiones múltiples que han roto estrellas y hecho estallar asteroides, en un sistema del que aún nos queda mucho por descubrir. Las mutaciones que se experimentan continuamente sin que lo sepamos, los terremotos y tsunamis a los que no prestamos atención o las erupciones volcánicas que amenazan con la destrucción y desaparición de pueblos enteros, y los nuevos paisajes de la devastación que nos es dado contemplar forman parte de lo que somos en el transcurso de nuestras vidas. Asistimos a una fuga constante de partículas que son mundos en sí mismos y que no obstante son parte de constelaciones infinitas portadoras de vida. Tantos mundos en este es el verso de un poema visual que se escucha una y otra vez acompañado de la huella sonora que imprime la música de Luis de la Torre en nuestros oídos, cuando miramos estas formas esféricas que se acumulan junto a este cuerpo humanoide, o en estas pequeñas esferas de cristal de 15 cms de diámetro en cuyo interior se han depositado otras más pequeñas uniéndose a fragmentos de rostros que la iluminación convierte en sombras en el techo de la sala, donde brotan flores. Se trata de Cosmos (1-10), 2025, unas delicadas bolas de cristal que imitan las bolas decorativas de Navidad, o las bolas de nieve de Viena, donde nieva y vuelve a nevar siempre o llueve y llueve sin cesar, o aquellas bolas con motivos marineros o paisajes de montaña sumergidos en un lago.

La imagen del cráter en muchos de los paisajes representados en esta y otras instalaciones de la exposición es esencial. Hay cráteres en todas partes, no sólo en la cima o en el flanco de algunas montañas, como resultado de una depresión circular provocada por una explosión volcánica o el impacto de cometas, meteoritos o asteroides, de muchos metros o incluso varios kilómetros de diámetro, hace mil millones de años, sino también en el propio cuerpo humano. Para la artista, lo importante es que el cráter es un orificio por el que lo que ocurre en el fondo de la tierra al producirse la erupción causa destrucción y desgarro, pero también origen de la vida de un modo u otro. El cráter es un símbolo de muchos fenómenos relacionados con el origen de la vida de todos los seres al igual que con su fin. Su representación abunda en las imágenes que podemos contemplar sobre la superficie del suelo, junto al humanoide que parece ajeno a todo lo que le rodea, pero también en otros videos monocanal que se pueden ver en la sala contigua, donde los fenómenos naturales toman el relevo, pero dando continuidad a la gran instalación. Desvanecimiento (1-6) y Espejismo (1-20), ambos videos proyectados en pantalla de gran formato fechados en 2023, seguidos de más obra en la tercera y cuarta salas que ocupa el proyecto, como los videos monocanal Quietas (1-10), 2´) de 2021, Origen, Destino (11´24”) y de Inmersión (3¨21”, 3´20” y 3´18”), una fábula espectacular pero no menos distópica que se deja acompañar por imágenes digitales con motivos vegetales de otros mundos, impresos sobre cerámica, bajo el nombre de Tierra.

Arte, ciencia y técnica se necesitan mutuamente para la creación de estos escenarios naturales muy característicos de lo que solemos entender por ciencia ficción, revelando lo que somos y el lugar donde vivimos, y simultáneamente anticipándose a un futuro incierto que no queremos ver, ante los regímenes de causa efecto que no podemos controlar. El paseo por la exposición es una invitación al viaje con la artista al centro de la tierra. Mientras ella me acompañaba haciendo el recorrido y me explicaba cómo había concebido este proyecto, yo tenía en la cabeza El viaje al centro de la tierra de Julio Verne. Ella no era el guía Hans ni yo el profesor de mineralogía Otto Lidenbrock ni su sobrino Axel, pero la escuchaba como si realmente estuviéramos haciendo una expedición a un lugar desconocido y yo la necesitara para poder comprender dónde estábamos y lo que estábamos viendo. Algunas descripciones de las imágenes que me mostraba se correspondían con algunos de los paisajes que descubren aquellos personajes desde que llegan al pie del volcán Sneffels en Islandia, donde empieza la expedición. Los paisajes creados por Marina y los que descubren Otto y Axel de la mano de Hans nos sorprenden por aquello que nos cuentan. En un caso, la literatura supuestamente científica nos introduce en galerías subterráneas, lagos en el fondo de un volcán, tormentas que arrasan y vuelcan la balsa en la que navegan los miembros de la expedición, galerías cerradas que derriban con dinamita y encuentro de huesos de animales anti diluvianos y cráneos humanos; en la obra que expone Marina Núñez, los paisajes que ella ha creado se suceden haciéndonos creer que nos encontramos en lugares que nunca habríamos visitado, a no ser de su mano y porque ella ha sido capaz de concebirlos. Cuando llegué a casa, era un domingo por la mañana triste y gris, busqué el libro de Julio Verne y empecé a releer pasajes para recordar la expedición a tantos mundos en este que acababa de hacer con una guía excepcional, como es la propia artista que me dedicó su tiempo para que pudiera entender este gran proyecto en el que ha estado trabajando más de un año, sin contar con aquellas obras que también ha reunido y que corresponden a un período anterior, pero coinciden con la narrativa de esta expedición.
Marina Núñez, Tantos mundos en este, Museo Nacional de Antropología, Madrid. Del 11 de octubre al 25 de enero 2026.
Comisaria: Isabel Durán.













