
LA FÁBULA DEL TELÓN QUE ESCONDÍA UN PARAÍSO
Marta Mantecón
Hay artistas capaces de soñar otros mundos que nos permiten reconectar con las zonas más recónditas de nuestra imaginación. Isabel Villar fue la primera que conocí. Me deslumbró su universo iconográfico y la original sintaxis de su obra, inteligente, rebelde y profundamente independiente; siempre al margen de las tendencias que dominaban una escena artística que basculaba entre el informalismo abstracto y la figuración más o menos realista o pop.
Isabel Villar se atrevió a representar aquello que no se podía o no se debía ver; un espacio otro o un tiempo otro en el que los humanos –y particularmente las mujeres– confraternizan con un insólito repertorio de seres vivos en estado salvaje y en plena comunión con el medio que les sirve de contexto, donde todo parece estar en su sitio. La artista construye estos paisajes, ordenadamente dispuestos en diferentes planos que se superponen entre sí, con una pincelada minuciosa de toques repetidos y una paleta de colores alegre, intensa y bien contrastada. La naturaleza, ferozmente viva, se muestra además como el hábitat perfecto para estas mujeres que, lejos de asumir cualquier mandato, han retornado al paraíso del que fueron expulsadas. Se saben desnudas, sin coraza, libres. Posan con otras especies compañeras que, como ellas, han resistido a la domesticación y al control. Han aprendido a coexistir en armonía y se afirman en espacios abiertos, incluso en algunos casos vuelan con sus propias alas.
Isabel Villar, Playa plateresca, 2002Estas escenas ejercen una poderosa fascinación en nuestra mirada; sin embargo, esconden algo enigmático y turbador que nos interpela, quizá por el naturalismo extraño de ciertas figuras que recuerdan las ilustraciones de una enciclopedia. La artista pareciera querer emplazarnos frente al decorado de una escenografía teatral o ante uno de esos telones que servían de fondo a los retratos de los estudios fotográficos de antaño.
Su pretendida ingenuidad, tal vez no sea otra cosa que un irónico trompe-l’œil o una trampa intencionada que nos advierte que el paraíso está fuera del alcance de quienes no se atreven siquiera a imaginarlo. O a lo mejor la fábula se desarrolla justo al revés y el telón actúa como una suerte de fractal que se va abriendo poco a poco, haciéndonos partícipes de su secreto, pues las ficciones tienen que ver precisamente con nuestra facultad para figurar algo que, aunque no sea cierto, puede empezar a ser.
La pintura de Isabel Villar posibilita el acceso a un lugar bello e indómito donde los humanos, igual que el resto de animales y plantas, tienen la potencia de generar –siguiendo a Donna J. Haraway– toda clase de parentescos raros, como si la Tierra pudiera ser el escenario de otros modos de convivencia, sobre todo para quienes sueñan con tejer relaciones sorprendentes y formas inéditas de estar en el mundo.
Isabel Villar, Rayo de sol, 1973
Texto publicado originalmente para «15 años de miradas al arte y al mar» del Centro de Arte Faro de Cabo Mayor de Santander, que acoge la Colección Sanz-Villar.













