MUJERES. UN PROPUESTA CURATORIAL DE JUANA MARIA BALSALOBRE
Una muestra sobre la mirada pictórica de Navaro Ramón centrada en la representación de las mujeres.
La propuesta curatorial de Juana Maria Balsalobre se centra en cómo el artista mira y representa a las mujeres. Mujeres que, lejos de las dinámicas patriarcales habituales, no son tratadas como objetos. No son ángeles del hogar, madres amantísimas encerradas en lo privado, tampoco son cuerpos desnudos sexualizados, concebidos para la mirada masculina –aunque sí encontramos algunos desnudos femeninos. Son mujeres viviendo, conversando de manera relajada con otras mujeres –como ocurre en sus Coloquios–, leyendo, inmersas en sus pensamientos u observando el mundo con mirada relajada. Y es que esta exposición va, precisamente, sobre esto, sobre la mirada. En este caso con la que el artista observa y pinta a las mujeres.
Muchas de las retratadas pertenecen a su entorno, otras son encargos, pero si una mujer tiene especial presencia y relevancia en la obra y trayectoria de Navarro Ramón esa es su compañera, Josefa Fisac Martín (1909-1989). Pepita, como se la conocía, convivió con el artista más de sesenta años. Juntos compartían viajes y cotidianidad, una cotidianidad que la comisaria explica muy bien, tanto en la exposición como en su extenso y detallado catálogo.
Pepita lo eligió; era una mujer libre que supo moverse en las complejidades de su tiempo, incluso en los momentos más convulsos que sufrieron siempre unidos. Tenerla a ella le permitía encerrarse toda la mañana en su estudio, a investigar, experimentar y crear sus obras. Después de comer, iba a jugar al ajedrez, más tarde, juntos, se encontraban en tertulias con artistas o visitaban algunas exposiciones. ¿Por qué comento esa cotidianidad? Porque es otro de los factores claves para entenderle (catálogo, página 148, entrevista de la comisaria con Isabel Tejeda).
Cuando, en la Guerra Civil, tras la Retirada y al pasar a Francia, Juan fue internado en un campo de concentración fue Pepita quien, con grandes esfuerzos y astucia, logró sacarlo. Su carácter fuerte y resiliente, junto con su habilidades sociales también facilitaron las relaciones en el sector artístico del pintor. Además de ser su compañera y pilar Pepita también se interesó por el arte, aunque enfocándose a técnicas que tradicionalmente han sido consideradas como «artes menores» o artesanías, y que, por tanto, no ofrecen el mismo prestigio, como el estampado de telas –en las que recrea obras de Navarro Ramón– o la joyería.
Cuando entramos a la exposición, ubicada en el espacio de la planta baja del Museo de Bellas Artes de Alicante, nos recibe este precioso montaje, que muestra el reverso del cuadro que vemos antes de entrar y un retrato de Pepita. Encontramos una sala donde, a través de la pintura de las estancias, que actúan como un lienzo continuo, recorreremos la trayectoria vital y profesional del artista. La exposición parte en el año 1903, con el nacimiento del pintor y se cierra en 1989, fecha de su fallecimiento, sólo seis meses después de la muerte de su esposa. Además, en cada pared encontramos tres líneas, tres ejes de análisis, el tiempo y su contexto histórico, el desarrollo artístico del pintor y las críticas de arte que recibió. Las tres atravesadas por el papel de la microhistoria de las mujeres que rompieron con lo establecido en la época, como Pepita.
A medida que cambiamos de sala y década el color de las paredes lo hace con nosotras, delimitando muy claramente los estilos artísticos y contextos. De un rosa salmón que nos daba la bienvenida –con una primera etapa donde la figuración tiene una gran fuerza y el contexto de los años 30 y 40 se impone rotundamente– pasaremos a unos 50 de paredes rosa y mucho más abstractos, para llegar al morado de los 60 lleno de ondulaciones y formas redondeadas y al azul de los 70 y 80, de fondos y personajes oníricos.
Detalle de Coloquio, 1974. Óleo sobre tela / Col NRA
