LOÏE FULLER: UN TORBELLINO EN DANZA
Mª Concepción Martínez Tejedor,
Cuerpo Facultativo de Conservadores de Museos
Envuelta en un remolino de telas que barrían el suelo, prolongadas en los brazos por unos largos vástagos, como una gran amapola en el viento o una mariposa, agitando pétalos y alas, se presentaba la bailarina Loïe Fuller a sus contemporáneos ejecutando su «danza serpentina». En buena medida autodidacta, creadora de coreografías inspiradas en los movimientos de la naturaleza –plenamente imbricadas en la estética modernista, deudoras de sutiles criaturas voladoras– y guiada por su instinto de artista nata, recorrió el mundo mostrando la novedad de su creación escénica.
La Casa Encendida desgrana su figura personal y artística en una exposición comisariada por Aurora Herrera y distribuida en tres salas, donde la imagen fija y en movimiento nos retorna a ella misma o su recuerdo recreado por otras artistas. Loïe, según parece, nunca se dejó filmar en el desarrollo de su danza alegando que en el medio cinematográfico no cabía su pluralidad de matices, pero sus discípulas e imitadoras fueron abundantes, y gracias a ellas conocemos sus evoluciones a través de numerosas grabaciones cinematográficas. Algunas de estas breves filmaciones se atribuyen a otra mujer largamente olvidada pero reconocida de nuevo como una de las grandes pioneras del séptimo arte, Alice Guy-Blaché, que las rodó para la productora francesa Gaumont.
Nacida en Illinois en 1862, el tiempo relegó durante décadas a esta pionera de la danza moderna, a pesar de haber sido venerada tanto por los poderosos como por los artistas de vanguardia, o de haber contado entre las bailarinas de su compañía con la celebérrima Isadora Duncan. Pero en la presente reivindicación de la potencia creadora de las mujeres, Fuller regresa haciendo valer su capacidad innovadora. No fue solo una completísima artista de la escena (coreógrafa, bailarina, escenográfa…), sino una maestra de las relaciones sociales, que llegó a contar entre sus amistades, e incluso rendir a sus pies, a cabezas coronadas, científicos y artistas de diversas disciplinas. Entre sus vínculos afectivos y profesionales se encontraban tanto el matrimonio Curie como su hija Ève, el inventor y empresario Thomas Alva Edison, el astrónomo Flammarion o el escultor Rodin, entre muchos otros, y de todos ellos absorbió con ansia los descubrimientos científicos y estéticos que revolucionarían a lo largo del siglo veinte la técnica, la medicina y las artes plásticas.
Las decenas de fotografías presentes en la exposición nos devuelven a Loïe desde su niñez, sentada en las rodillas de su padre, mostrando sus mismos ojos transparentes y una determinación que la definiría durante toda su existencia, incluso en los negros días en que la operaron de un cáncer de mama y ella misma pidió al fotógrafo Harry C. Ellis que documentara su convalecencia. La fotografía testimonia incluso su postrera presencia en el mundo, ya en su lecho de muerte, cuando una neumonía se la llevó nada más iniciarse 1928.
A las imágenes fijas y en movimiento acompañan cartas escritas de su puño y letra, tanto en inglés como en francés, con una caligrafía grande e inclinada, apenas legible. Fueron su medio de comunicación con Rodin, su compañera Gabrielle Bloch, la familia Curie o la reina María de Rumanía. Pero el testimonio de su letra también nos permite conocerla como conferenciante, difundiendo entre un público amplio, sediento de innovaciones en los albores del siglo, los hallazgos técnicos y científicos relacionados con la óptica, el estudio del color o la radiactividad, avances que en la viva imaginación de Loïe encontraban la manera de abrirse paso hasta los escenarios. No solo en el baile, sino en la escenografía que lo acompañaba, y hasta en las investigaciones sobre la física y la radiactividad, fue esta pequeña mujer una investigadora y una avanzada. Su curiosidad sin límites la llevó al laboratorio de los Curie, donde se investigaba en torno a los materiales radiactivos y fenómenos como los rayos X y los ultravioleta, y se las arregló para aplicarlos a sus vestidos y montajes escénicos, aún en una época en que no se tenía conocimiento cierto de los graves perjuicios que algunas de esas sustancias causaban a la salud.
Inspirada por Rodin, y consciente de su propia valía y capacidad de convocatoria, llegó a tener pabellón propio en la Exposición Universal de París de 1900, por el que pasaron los más célebres del momento, y donde representó tanto danzas propias como espectáculos de otras compañías y artistas. El afán por dar a conocer su potencia creadora la llevó por escenarios de toda Europa, buena parte del continente americano e incluso Egipto, y sus viajes le servían nuevamente de inagotable inspiración para nuevas coreografías.
Escenarios del cuerpo. La metamorfosis de Loïe Fuller, La Casa Encendida, Madrid. Hasta el 4 de mayo de 2014.
http://www.lacasaencendida.es/node/2985














