CATACLISMO

RECORRER EL BOSQUE, VER CAER LAS HOJAS, PROTEGER LAS SEMILLAS

Agradecimiento. Fotograma del vídeo que recoge el proyecto de Matilde Obradors en CACIS.

 

RECORRER EL BOSQUE, VER CAER LAS HOJAS, PROTEGER LAS SEMILLAS
Ana DMatos

La pandemia del Covid-19 ha cambiado los horarios, los días, las programaciones… Quedé con Matilde Obradors el último domingo de julio, delante de la Facultad de Económicas, a las cuatro de la tarde. Hacía calor y el sol caía tan vertical, que apenas alargaba nuestras sombras. Llegue veinte minutos antes, con tiempo suficiente. Mientras la esperaba, programé el navegador para llegar a Manresa donde está su exposición, a una hora en coche desde Barcelona. Me esperó. No nos encontramos. Nos llamamos y comprobamos con sorpresa, que los diferentes edificios a lo largo de la calle tenían el mismo nombre. Cada una había elegido el extremo opuesto de la calle. Esta anécdota marcó la excursión, a la que fuimos añadiendo complicidad y risas. Cuando llegamos me di cuenta que la economía iba a estar presente, marginal y central, constante. Curiosamente, sus obras se mostraban en un edificio modernista emblemático, un casino que refleja aún la bonanza económica de otro tiempo, de su industria textil. El Casino sigue siendo el epicentro de la ciudad. Sin embargo, sus valores han sido transformados, de demostración económica y poder burgués, a una acogida democrática y representación de la cultura plural.

La obra de Matilde Obradors se expone en el Espai 7, bajo el título La solitud i les llavors (la soledad y las semillas). Ha sido realizado en CACiS, el Centre d’Art Contemporani i Sostenibilitat. El Forn de la calç, un espacio para el estudio del arte, la sostenibilidad y el territorio. La exposición tiene tres elementos esenciales: las hojas que se disponen en el suelo y son el recuerdo de una acción sanadora; una gran mesa que se sitúa en medio de la sala y reproduce la que utilizó Matilde durante su estancia en CACiS, en la que se puede encontrar hojas, semillas, notas, tierra, flores; y finalmente, dos vídeos, uno que documenta las acciones de agradecimiento en el paisaje, y el otro, que es una muestra de un documental que está en proceso, que se presenta desdoblado en dos pantallas independientes, donde puede verse a Carme Vila, que está realizando un bosque comestible en la Forteça, y a María Rovira, responsable de Urbanismo y Paisaje de la comisión permanente de la Unión de Campesinos, que comenta su experiencia. Matilde me explica cómo María Rovira buscó ese cargo político y de poder, para luchar contra la discriminación en el ámbito rural. 

Dos fotogramas del documental

Todo el proyecto expositivo está basado en la protección de la naturaleza y en la identificación de la tierra y la mujer. Se posiciona en un ecofeminismo pacífico, poético y liberador. 

El vídeo de la entrada marca la pauta de todo el proyecto. En él se ve el bosque y las muestras que ella ha escrito en el tronco de los árboles, como agradecimiento. La acción de preparar el color, dibujar los contornos de las letras, rellenarlas una a una, tronco vegetal y cuerpo humano interactuando, piel y corteza, relación y cuidado. Esta acción recuerda el movimiento de las mujeres Chipko de los años 70, en la India. Aquellas mujeres abrazaron a los árboles para salvarlos y evitar que implantaran el monocultivo. Los hombres por su parte llenaron el bosque con los latidos de los tambores, y toda la comunidad mostró su valor y sabiduría, evitando que la tala les robara la vida, y con ello, la riqueza de su pueblo. Otras acciones similares anteriores pueden rastrearse, y también enlazan con cultos ancestrales y religiosos.

Agradecimiento. Fotograma

Algunas personas imaginan que los árboles no sienten. No lo sabemos, aún no se ha descubierto. Aunque como señalan las biólogas como Donna Haraway (2016), existen relaciones simpoiéticas entre las diferentes especies animal y vegetal, relaciones de mutua colaboración y ayuda. Quizás, algún día, sepamos mirar y sentir la vida no como humanos sino como seres sintientes, y nos alcancen las corrientes de energía, esas a las que les ponemos nombres. Estados emocionales y de conocimiento.

De esta exposición me interesa el detalle, el discurso en el que el tiempo parece detenido, y el proyecto. La exposición narra un modo de situarse en el paisaje. Nos lo comunica como una respiración que entremezcla el arte y la vida. Esta búsqueda de sentido exige una respuesta activa por parte del espectador, que conduce a un tipo de atención, ser conscientes que nuestras elecciones influyen en la tierra. A su vez nos lleva a replantearnos cómo nos relacionamos con nuestros entornos. Provoca que revisemos nuestras costumbres y tomemos conciencia, así como los alimentos que compramos y llevamos a nuestra mesa. Se trata de una revolución personal, que se conecta con tantas otras acciones en todo el mundo, una conexión muy poderosa. También necesitamos saber que lo que consumimos no son productos anónimos. Hablan. Llevan la huella de quien ha sido su productor. Indirectamente nos enfrentamos a un dilema comercial y a un dispositivo industrial diseñado por la biogenética, capaz de engañar a nuestros sentidos para incitarnos al consumo de alimentos, que no son tan sanos como aparentan, la mayor parte de las veces provienen de gigantes alimentarios. Se trata de productos industriales, que requieren semillas manipuladas genéticamente, fabricadas y vendidas a los agricultores. La industria transgénica propone la venta de las semillas como propiedad. Y este negocio de apropiación de la vida lleva décadas buscando apoyos gubernamentales, así como vacíos en las legislaciones de los países. En términos generales, son productos que mejoran el aspecto del producto autóctono, aunque hayan recorrido cientos de kilómetros y hayan empezado a deteriorarse. Suelen ser más baratos porque se han producido masivamente. El modo de agricultura del que provienen no habrá tenido en cuenta ni el entorno ni la tierra ni las especies ni las comunidades ni sus formas de vida. El atractivo del producto oculta su tragedia: la apropiación de los recursos de las comunidades, uso de abonos y fertilizantes químicos, pesticidas, menor capacidad nutritiva, poca eficiencia con los recursos del agua, gasto de energía y contaminación en su transporte. En el plano económico, el enriquecimiento no es permeable a la comunidad en donde se produce. Todo ello habla de la deriva neoliberal, de la corrupción y la manipulación política al apoyar a estas grandes corporaciones que sostienen estas prácticas, en lugar de sostener a las comunidades locales. Además, estas industrias de la biogenética van asociadas a las industrias químicas, a las aseguradoras, a las que venden la información del clima, a las farmacéuticas… Como se trata de gigantes podemos caer en la tentación de rendirnos agotados, sin querer luchar a contracorriente. Lo más probable es que el sistema se haya apoderado de nuestra rebeldía, o padezcamos el síndrome TINA (por sus siglas en inglés, There is not alternative), no hay alternativa, Vandana Shiva (1993).

Me pregunto si esta invitación silenciosa de Matilde Obradors, resistencia necesaria, puede conmovernos hasta cambiarnos, empezando por los pequeños gestos, como recorrer el bosque, ver caer las hojas o recogerlas. Acciones que en si mismas ya tienen sentido.

Acción sanadora: La pared de las espigadoras.

El discurso de la exposición como proyecto en carne viva y poesía visual, nos conecta con la tierra y con todos los que también participan de la siembra, el cuidado, la recogida de la cosecha, los forestales que cuidan los bosques, de los animales que los habitan y con los que compartimos la existencia. No puede obviarse que el contenido de este tipo de arte nos sitúa en un lugar incómodo, porque nos obliga a desarrollar la atención, a ser vigilantes, a estar informados, a tomar decisiones respecto a todo lo que hacemos, qué compramos, con qué nos alimentamos, que vestimos, cómo reciclamos… En esta brecha la tierra recupera su valor matriz. Y recoger semillas, frutos y hojas, buscar caminos, hablar con las campesinas…, son acciones reflexivas que necesitan un tiempo de escucha.

Al mirar la mesa veo cómo algunos frutos han empezado a descomponerse. Otros se encuentran envueltos en un moho aterciopelado. Las semillas cambian de color, y la calma parece provocar al tiempo industrial, productivo, económico. Frenética actividad capitalista que ha desplazado los procesos naturales de la tierra, y el tiempo que éstos requieren. El choque de tiempos ilumina a un demonio neoliberal, que nos invita a saltar sobre su grupa electrificada, y sumirnos en ese tiempo irreflexivo de la prisa, que nos requiere aletargados, para el consumo compulsivo de la nada, o peor, de la vida.

Mesa de trabajo. Diversos objetos

 

 

ENTREVISTA

Matilde, ¿cuáles son tus vínculos con este paisaje de Calders?

Apliqué a la beca de residencia artística, porque me gusta mucho el CACIS y su actividad y además, eso me acercaba al lugar en el que nació mi abuelo, Sallent. Cuando me concedieron la beca, pensé que mi abuelo había movido los hilos para que así fuera. Durante la residencia, los directores de CACiS, me pusieron en contacto con amigos de la zona que tenían mi mismo apellido. Nos reunimos y conversamos tratando de averiguar si nuestros antepasados se conocían. Hice toda una acción de acercamiento a mi abuelo. Me hablaron de un cementerio en la Cataluña central en el que la mayoría de las lápidas son de Obradors. O sea que ha sido un acercamiento muy potente a una parte de mis orígenes.

¿Qué recuerdas de aquella época?

Uno de mis recuerdos era que cogíamos los tomates del huerto, como una fruta. Nadie los lavaba. No teníamos miedo. Era ese estado en el que todo es benigno, que la tierra nos da algo bueno, y estamos aquí para disfrutarlo. Todo eso se ha terminado. Ahora los transgénicos, los pesticidas, las patentes de verduras, los plásticos, el cambio climático… siempre estamos en estado de alerta. (…) Y el olor, el olor de los tomates… ese es un recuerdo intenso, muy agradable.

¿Quién pudo más, el paisaje o el pasado?

Pudo más el paisaje. Dar paseos diarios fue algo muy potente. Iba atravesando campos. Veía cómo era el tratamiento de la naturaleza, los que sembraban, los que dejaban las hierbas, las llamadas malas hierbas; las viñas aradas, los que tenían los campos abandonados, y también el campo abierto donde las hierbas crecían a su antojo. Había cantidad de tomillo,…, su olor a pleno sol con más de 40 grados de temperatura, y ese crick crick, al pisarlo, que no puede evitarse. El olor era maravilloso.

¿Cuándo aparece esa preocupación de proteger y de observar la naturaleza?

Tiene su origen en una necesidad. Desde muy joven la naturaleza me reconfortaba, me daba paz. Caminaba por el campo, por los bosques, por los acantilados. Y además, mi familia tenía un fuerte vínculo con el mar, la barca, compartir la pesca, navegar, estar durante horas en la orilla, recoger caracolas, la contemplación. En aquella época el mar y el sol eran benignos. Durante muchos años no hemos sido conscientes del deterioro de la naturaleza. Llevo al menos 25 años recogiendo lo que trae el mar. Limpiando, sin grandes alardes. Está bien que lo hagamos todos. Ahora es más necesario que nunca. Uno de mis proyectos, Lágrimas de sirena (2017) trata sobre eso, sobre la contaminación del mar.

¿Cómo era tu rutina de trabajo?

Me levantaba pronto, pintaba los árboles de un bosque que hay detrás de la casa de residencia. CACiS es un antiguo horno de cal, y pensé en utilizar cal diluida en agua para pintar la palabra “gracias” en cada uno de los árboles. Además la cal le daba a la acción esa calidad de efímero tan en consonancia con el ritmo de la naturaleza. Fue una intervención en el paisaje que me proporcionó mucho bienestar, interactuar con los árboles, ahí de pie, cerquita de ellos tantas horas. Fue muy gratificante. Luego hacía el paseo diario de recogida, observación y reconocimiento del paisaje. Hice una búsqueda de prácticas sostenibles en la zona y algunos días salía a grabar; conocí a Les Refardes, un equipo formado por 18 fincas productoras de semillas, repartidas por todo el territorio catalán, que recuperan semillas, defienden la biodiversidad y la soberanía alimentaria. Y supe de la existencia de los neo rupestres, jóvenes que vuelven a los orígenes y reclaman un mundo sostenible. También escribí mucha poesía, que hacía tiempo que no escribía y no podía parar. El lugar te lleva. Te dicta. Es como recolectar a través de las palabras. Diariamente iba construyendo la mesa de los días. Un diario vivo de mi estancia en el CACiS, que he reconstruido para la exposición.

Detalle de la mesa de trabajo. Fotografía del bosque.

¿Cuántos artistas erais?

La beca en agosto, la tenían también dos artistas de Sudáfrica, pero las interceptaron en la aduana y no las dejaron salir del país, así que nunca llegaron. Había un artista de Manresa que venía de forma intermitente la primera semana, Joan Villaplana. Y cuando hice la exposición de fin de residencia, vino el artista Carlos de Gredos a presentar una performance y una intervención en el paisaje, invitado por el CACiS.

En tu obra la soledad aparece como esencial, sentirte parte de la naturaleza, comunicarte al recoger hojas, escribir gracias en los árboles, observar las piedras, los insectos o los pájaros. Sin embargo, la soledad también puede desconectarnos y alienarnos. ¿Qué tipo de soledad es esa a la que aludes?

La soledad crónica, una enfermedad que queda descrita en el libro La Ciudad Solitaria de Olivia Laing. Tiene que ver con el dolor que supone sentir que no se forma parte de un grupo, o de la sociedad. Y no tiene nada que ver con la depresión, la ansiedad o las pérdidas. Si no que es un estado que te aisla de tus congéneres, por eso el contacto con la naturaleza es sanador porque te hace sentir formando parte de un todo. A lo largo de mi vida caminar por el campo le ha dado sentido a mi existencia. La naturaleza, es madre y sanación, a mí me ha ayudado mucho. Me adentro en estas dos temáticas “la cosecha robada” y “la soledad crónica”, una pertenece a la esfera pública (las semillas) y otra a la esfera privada (la soledad). El tema que Vandana Shiva utiliza para hablar de las patentes de semillas es “control corporativo de la vida”, que para mí, también se puede aplicar a la gestión que hacen las farmaceuticas con las enfermedades. Cuidar lo que más bien nos hace, tendría que ser nuestra prioridad.

Detalles de la mesa de trabajo. Diversos objetos.

Matilde Obradors es artista, investigadora, Doctora en Comunicación Social, especialista en creatividad y procesos de generación de ideas, nuevas narrativas y formatos audiovisuales. Ha colaborado durante diez años con Espacio Guía (Canarias) en proyectos transdisciplinares en relación al territorio.

Su exposición La solitud i les llavors, se ha podido ver en el Espai 7, del Centre Cultural Casino de Manresa (Barcelona) del 26 de junio al 26 de julio de 2020. Es la segunda exposición que forma parte del programa “Género y Territorio”, proyecto comisariado por Roser Oduber, directora del CACiS, artista y gestora cultural. Ha sido realizada con el soporte del Ayuntamiento de Manresa y el Departamento de Cultura de la Generalitat de Cataluña.

 

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