CATACLISMO

ANNA JONSSON. CUERPOS DE RESISTENCIA, IRONÍA Y MALEABILIDAD

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ANNA JONSSON. CUERPOS DE RESISTENCIA, IRONÍA Y MALEABILIDAD *
Susana Blas

La superficie de los trabajos de Anna Jonsson brilla. Resulta amable, acogedora y humorística. El primer contacto con su obra, ya sea en vídeo, escultura o performance, resulta placentero, colorista, inofensivo. Pero bajo la festividad aparente enseguida nos invade la perturbación. No tardamos en descubrir que bajo la capa de gelatina dulce habita un bocado amargo, cocinado para inyectarnos sin aviso una corriente de crítica, un calambre de reflexión.

Las estrategias formales y conceptuales de Anna Jonsson se sirven del humor y de la ironía para plantear problemáticas que afectan al colectivo femenino, en primer término, y que se extienden a la toda la humanidad si ampliamos sus reclamas a un universo interior más global, ligado a los conflictos identitarios que sufre cualquier individuo que siente no encajar en los engranajes sociales, y que por esta razón, tiene que construirse un universo paralelo o marginal y desde ahí resistir a la normatividad.

Muchos son los asuntos que transitan y que dialogan entre sí en las obras de Anna y los matices que a estos otorga, haciendo uso de una original capacidad paradójica para combinar en sus formas, la brutalidad y el shock del golpe directo, con la sutileza y la ambigüedad del laberinto y el rodeo.

Entre sus preocupaciones destacaría en primer lugar la reflexión sobre los límites del cuerpo femenino y las mutaciones que en él se operan, no solo en relación con los cambios que genera el paso del tiempo, las diferencias culturales o la condición cultural y económica; también desde un aspecto performático, físico, analizando el vestuario y la imagen personal, como disfraces, como «segunda piel». Ropas, telas y accesorios actúan en sus coloridas performances y en sus registros de vídeos como interfaces que prolongan el cuerpo y lo deforman, lo fragmentan, lo humillan y lo embellecen a la par, para pervertir o subrayar las contradicciones de los cuerpos sexuados.

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En segundo término, se ocuparía de las cargas psicológicas que soportamos para amoldarnos a tradiciones familiares y convenciones. A Anna le entristece el precio tan alto que pagamos por entrar en las esferas sociales de normalidad, que no es otro que nuestra propia libertad y, en concreto, como el colectivo de mujeres, experimenta más aún estas renuncias y sacrificios, dejando por el camino sus verdaderos deseos e ilusiones.

En tercer lugar, su obra hablaría de los contrastes entre culturas, y del modo en que nos situamos frente a “lo extranjero”, frente a la otredad, sin reconocer el miedo a lo desconocido.

Por último, y en un plano más íntimo, su obra refleja el sentir de los que sufren sensibilidad extrema en un mundo regido por leyes internas de violencia y brutalidad que mantienen un sistema económico despiadado; y lo complejo que resulta ser lento, débil o frágil en esa alfombra competitiva.

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«El tigre en mí»: cuerpo desmembrado, interface y animal

Mujeres que esconden la cabeza y enseñan las nalgas, que se estiran, que vibran, que corren, que «se despatarran» y se olvidan de las reglas del decoro. Piernas y pies dislocados, que expresan descontrol en el estar y caminar, que convierten a las mujeres en muñecas quebradas. En ocasiones, su vestuario, las telas, cuerdas y madejas, las atan y mutilan, las encierran dificultando su expresión, ahogando su grito. En Wahappen? extraños mutantes: mitad mujer, mitad pez, vibran enérgicos, pero no sabemos sus motivaciones. Cuerpos oprimidos, quizás como metáforas de las imposiciones del vestuario asociado a lo femenino, concebido para violentar y controlar los cuerpos, para uniformarlo, de ahí el interés de la artista por plantear grupos de mujeres clónicas que repiten accesorios o pelucas. En Señorita Zapatos los mismos elementos que te expanden y te conducen al deseo y al afecto, terminan atrapándote en su red.

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El cuerpo que Anna nos muestra no acaba nunca en la piel. Se prolonga en maquillaje y se eleva en zapatos que actúan como pedestales de la escultura petrificada que es el cuerpo. Otras veces, en su búsqueda de libertad, se trasmuta en animales, revisitando el instinto y la intuición; acercándose la artista, en mi opinión, a las posturas que sobre el cuerpo cyborg planteó Donna Haraway: un cuerpo fluido, mostrando la elasticidad de la identidad y de la encarnación sexual, un cuerpo sin géneros, que supera la idea de feminidad normativa, y presenta esta como máscara, «el sueño utópico de la esperanza de un mundo monstruoso sin géneros» (Donna Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres, 1991). Recordemos que el cyborg repiensa las fronteras entre dicotomías como mente y cuerpo, animal y humano, organismo y máquina, naturaleza y cultura, hombre y mujer; y no es sino un motor de cuestionamiento de opuestos lo que generan todas las obras de Anna Jonsson.

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«La bestia en mí» y «Con el culo al aire»: cuerpo abyecto e hiper-erotizado

Al mismo tiempo, el cuerpo de la mujer que presenta Anna Jonsson, tanto en sus videos como en sus esculturas, es un cuerpo sensual, incluso forzadamente erotizado. Esta exageración permite valorar hasta qué punto esos apósitos del cuerpo, a modo de trajes y complementos, no son sino tecnologías con las que penetrar en el juego social. Y la performance aparece como medio poroso de exorcismo que genera elementos no previstos. Además, en muchas ocasiones, ese cuerpo sublime y hermoso, en el transcurso de las acciones se convierte en abyecto. La artista logra erotizar lo abyecto y sus mujeres canónicas terminan deviniendo monstruos, para mí: monstruos bellos. El nuevo cuerpo es un cuerpo ambivalente y no normativo, en el que se entienden mejor las tensiones de la mujer con su sexualidad, la maternidad, el trabajo y el amor. En su obra parece evidente que lo abyecto representa a la mujer, a ese universo desmoronado, de desechos, que trastoca lo recto, lo patriarcal, lo ordenado. Los residuos empiezan a gobernar el ámbito de las mujeres, pero no necesariamente en sentido negativo. Esos fluidos y residuos expresan, si seguimos a Julia Kristeva, ese reencuentro con lo materno, con lo animal, con los fluidos del cuerpo que nos enseñan desde niñas a ocultar.

«Triste y sola»: el cuerpo vejado y disidente

Piezas como La pulpa en mí o Mi madre está deprimida evidencian esa voluntad de la autora de desvelar sin pudor una naturaleza frágil que obtiene su fuerza en la disolución de contornos y fronteras. Un cuerpo blando y con lágrimas que pierde su forma y se adentra en el caos. Una torpeza combinada con ironía que desestabiliza el sistema a su manera. Mujeres que se atreven a desmelenarse, a descolocar el orden. Mujeres «no normativas» que buscan, al igual que los Feminismos, a sus compañeras de viaje en brujas, freaks, lentas y torpes, desesperadas, descaradas, raras… disidentes.

Anna se sitúa con sus obras, siempre híbridas y abiertas en concepto y técnica, en la parcialidad, en la ironía y la intimidad. Apuesta por la maleabilidad como fuerza de transformación. Remodela la naturaleza y la cultura. Humor y caos para que de ese campo de batalla, de todo ese dolor, emerja algo nuevo para las mujeres, y por extensión, para la humanidad.

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Anna Jonsson, El tigre en mí, Centro de las Artes, Sevilla. Del 7 de mayo al 3 de julio de 2015.

* Texto incluido en el catálogo.

 

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