SIN PUDOR (Y PENETRADOS), DE ANDRÉS I. SANTANA
Apasionado e incómodo: la escritura de un superviviente.
Suset Sánchez
Apasionado e incómodo: la escritura de un superviviente
Comienzo a leer el último libro de Andrés Isaac Santana y, sin sorprenderme, tropiezo con una reconfortante dedicatoria al recientemente fallecido crítico, escritor y editor Rufo Caballero, maestro de muchas de las voces de la escritura y el pensamiento sobre arte que emergimos en el panorama de la Cuba de los años noventa y dos mil, generaciones a la que pertenece el autor del volumen que hace apenas unos días fue presentado en la Librería La Central del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Bajo el provocador título de Sin pudor (y penetrados), con el que Santana parece querer definir desde la misma portada su ejercicio ensayístico y las apetencias con que se aproxima a sus objetos de estudio; y con el sello de la editorial valenciana Aduana Vieja –que lleva un buen trecho recorrido en la publicación de firmas de la Isla y de sus diásporas–, este libro hace un balance de la producción de poco más de diez años de una de las mentes más inquietas, a la par que irreverentes y beligerantes, del escenario de la crítica de arte en Cuba.
Sin embargo, desde las primeras líneas, nos queda claro que los textos compilados en esta edición rebasan las limitaciones y los caprichos de la geopolítica y siguen de cerca el propio itinerario de su autor a través de los paisajes de la emigración y el exilio. Él mismo ha confesado que se trata de su libro “menos cubano” y debemos darle la razón, ya que en los dos capítulos que estructuran el conjunto asistimos a la apertura de una mirada deslocalizada que advierte de síntomas culturales y problemas epistemológicos en torno al arte más allá de las fronteras absurdas e históricas del estado-nación; para dar cuenta de relaciones transversales, hibridaciones y derivas del sentido insertas en la (i)lógica distribución de un mundo cada vez más global y cronometrado. En aproximadamente quinientas páginas, Santana aborda debates resultantes de la observación sosegada en los territorios transdisciplinares e intergenéricos que habitan las prácticas artísticas contemporáneas y las producciones críticas e historiográficas que les suceden; los enfrentamientos de poder y el cruce de subjetividades que suponen los juegos dialógicos en los perímetros de institucionalidad dentro del campo del arte contemporáneo; los cambios de paradigmas en las áreas de discursividad de signo antropológico o sociológico, los estudios visuales, las construcciones queer; las fatigas y conversiones políticas en las gramáticas de los conceptualismos; las operaciones de resignificación estética y restitución formal en la definición de lo pictórico o lo fotográfico…
El primer capítulo del libro: Escarceos, exégesis liberales y apuntes, reúne una serie de ensayos de índole coral en los que Santana opera como un explorador o como quien tiene la obligación de hacer el diagnóstico de los síntomas que padece el cuerpo enfermo del arte contemporáneo, para devolverle a ratos la radiografía de sus órganos más saludables, aquellos pletóricos de elocuencia narrativa y significados que escapan de los límites del campo artístico para hallar su razón de ser en la vida misma. Coqueteando con diversas formas de escritura que rompen el esquema monolítico de un estilo autocentrado a lo largo del volumen, el autor despliega aquí su vocación teórica para articular unas cuantas preguntas pertinentes en relación con lo neobarroco y lo travesti como el estadio de nuestra época (algo evidente en la superficie misma de su propuesta textual); el devenir del denominado “arte latinoamericano” como inversión decolonial de los modelos de la modernidad europea; la revisión de los imaginarios y las teorías queer –con lo que Santana da continuidad a las reflexiones de su primer libro: Imágenes del desvío: La voz homoerótica en el arte cubano contemporáneo, Chile, J. C. Sáez Editor, 2004–; o la condición ética y la posibilidad del ejercicio crítico hoy.
La segunda parte, Aproximaciones puntuales e indiscretas: las poéticas, nos acerca al crítico en su pura esencia, aquella que implica el diálogo con las poéticas de los artistas y las obras y el status de la palabra como mediación y traducción en los predios del sentido estético. Es quizás aquí donde Santana se muestra más extrovertido y promiscuo, sin pudor y penetrado; al tiempo que penetrando, un gerundio que no le da descanso y le incita a la embestida segunda y tercera, múltiple, cuando vuelve sobre un creador en diferentes ocasiones para apostillar lo que ya había argumentado o para hacer explícita su comunión con un discurso determinado o sus afectos. Porque es en esta sección del libro en la cual los textos devienen una práctica afectiva y pulsional, una necesidad impostergable, como un orgasmo –para seguir la metáfora del propio autor y la imagen de la pintora cubana Rocío García que sirve de portada al compendio y que además resulta un alegato mediante el que Santana parece afirmar que no puede ni quiere renunciar a sus orígenes.
Pero la antesala de estos textos son dos advertencias imprescindibles, a manera de prólogo y prefacio, de los críticos y profesores Fernando Castro Flórez y María de los Ángeles Pereira, respectivamente. El primero, posiblemente desde la posición compartida de quien también ha “vivido” el ejercicio de la crítica con el frenesí de las pasiones más extremas, titula Parcial, apasionada y política (Tres notas preliminares sobre el compromiso crítico) su aproximación a la obra de Andrés Isaac Santana. Castro Flórez señala, antes que nada, la naturaleza personal de esa escritura como bitácora de una experiencia de vida y la ductilidad que a su prosa brinda la circunstancia del exilio y el viaje; incluso la precariedad de un oficio habitualmente mal reconocido, como acicate del compromiso ético para el crítico y entrenamiento de una percepción necesariamente alerta para advertir cuándo el viento cambia de orientación y saber encontrar el camino a seguir, que a veces es el de vuelta a casa y a uno mismo. Apuesta por el riesgo, aunque éste lleve al precipicio personal, indocilidad frente a la negociación estética, curiosidad intelectual, son apenas algunos de los rasgos que advierte Castro Flórez en el trabajo de Andrés Isaac Santana. Estas, se me antojan descripciones sensibles de la fisonomía del autor que se desnuda en Sin pudor (y penetrados), quien parece asumir la crítica de arte bajo la premisa con la que un ensayo del ya mencionado Rufo Caballero revisaba la cinematografía de Pedro Almodóvar: “la sinceridad suele ser escandalosa”.
Por su parte, María de los Ángeles Pereira tilda a Santana de iconoclasta y hereje, un alumno que ya resultaba incómodo en las aulas de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, donde le dio clases. Pero al mismo tiempo, un profesional que desde los comienzos de su carrera abogó por la pluralidad del pensamiento crítico al advertir zonas de la creación plástica silenciadas y olvidadas en las narraciones oficiales de la historiografía y la crítica de arte en Cuba, como es el caso de los discursos homoeróticos, que ubicó como objeto de investigación para obtener su grado de Licenciado en Historia del Arte. Algo que, sin lugar a dudas, trazaba un paralelismo con voces y “subjetividades laterales” marginadas y arrinconadas en los relatos de la nación y en los imaginarios populares en la sociedad cubana de finales del siglo XX y principios del XXI. De ahí que el ejercicio de la crítica devenía en denuncia social y posicionaba al crítico en el centro de un agenciamiento político y de un discurso biopolítico.
Precisamente, una de las claves a partir de las que Rocío de la Villa y Miguel Cereceda hicieron la presentación del libro en días pasados, apuntaba la importancia de un gesto escritural realizado desde la posición de un cuerpo sexuado que asoma y se hace presente en la textualidad, tanto en la forma como en el contenido de la ensayística y la prosa. La crítica Rocío de la Villa invitó al goce de la lectura de un “plumilla” cuya facilidad para la escritura se nota en lo prolijo del verbo y en el ritmo intrínseco de los textos que aparecen en el volumen. Destacó también la pertinencia de contar en el ámbito español con voces que llegan desde Latinoamérica para complejizar la red de referencias y tratamientos con los que se orquesta el discurso sobre el arte en los medios locales. Mientras que el también crítico Miguel Cereceda no dejó pasar por alto la ironía y la seducción con las que Santana concierta su obra, algo que una vez más queda expuesto desde el título del libro y en la fluidez de las palabras, como si se tratara de un reto al lector a participar de un ambiente en el que copular, jugar y sentir, resulta obligado. De hecho, tal vez son las emociones el primer asidero para penetrar el ejercicio de la exegesis que reside en la escritura de Andrés Isaac Santana, excesiva, tropológica, visual, obscena; donde las ideas se travisten de tal modo que hay que aprender a leer más allá de las apariencias, teniendo en cuenta que la lectura no es un placer al que se llega sin dificultades y, en este caso específico, unos cuantos preliminares.
Andrés I. Santana, Sin pudor (y penetrados), Advana Vieja, Valencia, 2013. 525 páginas.


