EL SENTIDO DEL FEMINISMO EN LA CIUDAD
el feminismo ha contribuido a la consolidación de valiosas herramientas teóricas para comprender nuestras relaciones con el entorno.
Marga G. Polanco y Alexandra G. Núñez: Simbología Sacra, 2011. Intervención en el espacio urbano con fundas de tela confeccionadas a medida para enfatizar elementos verticales de mobiliario (los bolardos) cercano a las iglesias.
Marga G. Polanco
“El espacio tiene esa peculiaridad de ser envolvente e
inevitable, lo que lo hace a veces invisible a nuestros ojos”.
Isabel Velázquez1
Conviene recordar el ineludible hecho de que la mayoría de la población existente en el planeta tiende a acumularse en las urbes y que, de hecho, las mujeres conforman alrededor de un cincuenta por ciento de dicha población. Así pues, la presencia del feminismo en tanto que herramienta de lucha a favor de los derechos de las mujeres tiene sentido dentro del marco constituido por la geografía urbana, al haber supuesto una inestimable ayuda destinada a facilitar el cambio de las mentalidades con respecto a una situación de desigualdad dada en relación con los hombres. A lo largo de su historia, especialmente en las últimas décadas, el feminismo ha contribuido a la consolidación de valiosas herramientas teóricas con las que poder revisar y comprender la naturaleza de las relaciones establecidas con el entorno (postestructuralismo, deconstructivismo, psicoanálisis…).
Se puede afirmar a grandes rasgos que el feminismo constituye un movimiento social que tiene por objeto la denuncia de la situación de subordinación en la que se encuentran las mujeres con respecto a los hombres, con la consiguiente reivindicación de la igualdad en sentido pleno y en todos los campos de la cultura y del poder, así como en el plano jurídico, político, económico y social. Cuando hablamos de feminismo sin más, muy a menudo no somos conscientes del grado de generalización tan amplio que establecemos con ello, puesto que, en realidad, nos estamos refiriendo a un basto conjunto de teorías diferenciadas, desarrolladas a lo largo de más de tres siglos de existencia, con precedentes que datan incluso del siglo XIV y XV (en el caso de Christine de Pizan). Igualmente, se trata de un movimiento no exento de discrepancias, dado que en las últimas décadas se han consolidado claras divergencias ideológicas, manteniendo en ocasiones –y en lo que respecta a la necesaria especificidad que requieren ciertos temas–, posiciones enfrentadas2, por no hablar de las reservas que, a pesar de los innegables avances realizados, aún continúa suscitando el término para el ciudadano de a pie (si bien es cierto que el panorama con respecto a décadas atrás ha evolucionado sensiblemente), que todavía parece manifestarse poco versado en la materia y por ello resulta presa fácil (tanto hombres como mujeres, en esto no se aprecian diferencias sustanciales) de encubiertos prejuicios.
Algunas de estas concepciones estereotipadas continúan revelándose, al menos en primera instancia, como la consecuente catalogación que acompaña al hecho de declararse abiertamente feminista desde el punto de vista social. Así pues, este es el poso que aún tiende a condensarse, confirmándose como el lamentable sedimento depositado en el fondo de la conciencia perteneciente a un sector de nuestra sociedad, todavía –y desgraciadamente– bastante amplio.
El feminismo centra sus esfuerzos en un intento por cambiar un statu quo mantenido a lo largo de la historia, lo que ha venido siendo una constante dentro de los objetivos marcados por los estudios de género desarrollados hasta la fecha, pretendiendo mostrarse más bien como una herramienta útil de consecuencias prácticas, a través de cuya experiencia se posibilite la maduración de determinadas reflexiones que ayuden a un cambio en profundidad que afecte tanto a la propia fisicidad de nuestras ciudades como a esa otra construcción que a fin de cuentas resultan ser las mentalidades y actitudes del conjunto de sus habitantes3. En ese sentido, cabe destacar que ha subrayado de manera tajante la falacia existente en una concepción ligada a ciertos procesos segregadores en función del sexo, enquistados en determinadas creencias vinculadas a esencialismos biológicos, entendidas hasta hace no demasiado tiempo como algo inevitable, perpetuando con ello la finisecular presencia de estereotipos ligados al género, asentados en lo más profundo de nuestras sociedades patriarcales.
Actualmente, se sigue luchando por neutralizar la discriminación existente a través de la puesta en práctica de una serie de estrategias. Por un lado, se incide en la necesidad de un mayor conocimiento en lo que respecta a la identidad de lo femenino, a través de la generación de un cuerpo teórico, buscando una mayor profundización orientada hacia la indagación y desarrollo de la subjetividad femenina. Recordemos, por ejemplo, la existencia del llamado techo de cristal4, un concepto que define la presencia de una barrera invisible que inmoviliza el desarrollo profesional de las mujeres y les impide continuar evolucionando. La inicial confusión que ello motiva viene dada por el hecho de que no existen leyes ni –aparentemente– conductas sociales, que impongan este hecho. Sin embargo, su mera existencia resulta sintomática, en tanto que sirve para hacernos una idea del grado de influencia que puede llegar a ejercer nuestra cultura patriarcal, cuyas causas resultan difíciles de señalar con precisión. Según palabras de Mabel Burin, éstas bien pudieran girar en torno a responsabilidades añadidas derivadas de la presencia de las mujeres en el mundo doméstico, que se concretan en la experiencia de una vida sobrecargada, un desigual grado de requerimientos profesionales respecto a los hombres, unos estereotipos que tienden a disociar la correspondencia entre mujer y poder o la falta de modelos femeninos en los que poder reflejarse5. Gracias a las luchas feministas, se ha llegado a tomar una mayor conciencia de la discriminación que sufren las mujeres en el espacio urbano. El punto de vista que aportan los estudios de género a este respecto, permite adivinar la naturaleza de la relación existente entre el entorno y las experiencias cotidianas de las mujeres6, así como discernir con mayor nitidez los mecanismos de actuación que rigen la construcción de las ciudades. Las características del entorno urbano, conformadas a consecuencia de masivos afincamientos sucedidos en el pasado, han supuesto para las mujeres un enorme esfuerzo orientado a encontrar un lugar en el que poder adaptarse y reconocerse. Las permanentes elevaciones en altura de las construcciones urbanas son testigo de su exclusión del mundo público (recordemos la división entre lo público y lo privado, y su correspondiente identificación sexual con respecto del uso de ambas áreas), siendo asimismo un vivo reflejo del poder patriarcal y, por lo tanto, ajenas a un imaginario específicamente femenino. Leslie Kanes Weisman, profesora de Arquitectura del New Jersey Institute of Technology, afirma que el hombre ha construido el entorno urbano a su medida, confirmando que el rascacielos, símbolo urbano por excelencia de las grandes ciudades, pertenece a un imaginario puramente androcéntrico relacionado con la fuerza, el dominio y lo que permanece erguido, predominado en él las relaciones basadas en la competencia por el logro de prestigio público7.
Por otro lado, si observamos con detenimiento la situación social de nuestras ciudades, inevitablemente podemos determinar la existencia de claras diferencias en las labores desarrolladas por mujeres y hombres; un hecho que si bien no niega la existencia de actividades comunes a ambos géneros dentro del entorno urbano, indica cierta desigualdad en sus respectivas vivencias de la experiencia urbana8. Indudablemente, las mujeres están influidas por el diseño y el uso de los espacios, los edificios públicos, los sistemas de transporte y la vivienda. En general, se sienten más ajenas al espacio público que los hombres, debido a la existencia de limitaciones físicas, culturales y económicas. Leslie Kanes Weisman afirma que “un entorno con sentido resulta necesario y esencial para una existencia con sentido”, de modo que “las mujeres debemos exigir edificios y espacio públicos, transporte y viviendas que se adapten a nuestros estilos de vida y a nuestros ingresos y que respondan a la realidad de nuestras vidas, no a las fantasías culturales que existan en torno a ellas”9.
En países como Estados Unidos, Inglaterra o Francia, desde los años setenta se han venido desarrollando múltiples estudios feministas en torno a la relación existente entre el género y los procesos de urbanización de nuestras ciudades, experimentándose un progresivo aumento del interés por el tema. Han surgido nuevas perspectivas que aplicar al estudio de la mujer en relación con el entorno urbano, demostrándose la falacia de la supuesta neutralidad que rige el mismo10 y explicando el concepto de la diferencia de género en relación con la urbanización, la arquitectura y el diseño de las ciudades11. Igualmente, se ha llegado a la conclusión de que la construcción del espacio urbano resulta ser, en última instancia, una creación cultural reflejo de la estructuración del poder existente dentro de nuestras sociedades patriarcales que posee, además, la capacidad de expresar determinados valores que, a la vez, condicionan determinadas normas de conducta. El masivo proceso de urbanización de nuestras ciudades ha generado un paisaje que, lejos de la imagen neutral que pretende ofrecer, se manifiesta pleno de estructuras de carácter referencial. Leslie Kanes Weisman apunta algunos ejemplos: “Una mujer con un coche de niño intentando pasar por una puerta giratoria o por el torno de un metro es una persona discapacitada. Los lugares públicos rara vez ofrecen un sitio donde se pueda dar el pecho a un niño o cambiarle los pañales, lo que da a entender que las madres y los niños deben estar en casa, el lugar que les corresponde”12.
La construcción urbanística dentro de nuestro orden simbólico encarna la mano del hombre incidiendo en el mundo, lo que refleja determinados valores que, curiosamente, se encuentran en plena consonancia con el poder establecido en cada época13. Dicho de otro modo, la construcción del espacio urbano en ningún caso es ajena a las estructuras de poder de la sociedad patriarcal, la cual determina la experiencia vital de los individuos de manera profunda. Ciertamente, el espacio de nuestras ciudades se rige por unos parámetros identificables con el tipo de poder ejercido dentro de cada sociedad, favoreciendo la proyección de un prototipo de individuo estandarizado en consonancia con las expectativas de dicho poder14.
Los feminismos inciden en la búsqueda de objetivos relacionados con la creación y adaptación de leyes que permitan la inserción de códigos mejorados, tanto civiles como penales, para que definitivamente se deje de contribuir al mantenimiento de una situación en la que los derechos de las mujeres se sigan viendo subordinados a los de los hombres. Leyes verdaderamente eficaces que nos permitan luchar efectivamente contra la violencia de género, lograr una verdadera equiparación económica entre ambos sexos (¿cómo es posible que todavía prevalezcan situaciones en las que un hombre que ocupa un puesto de trabajo idéntico al de una mujer reciba a cambio un salario inexplicablemente mayor al de su homóloga femenina?)15, facilitar a las mujeres la posibilidad de acceder a cargos que impliquen tomas de decisiones con repercusiones públicas o promover la necesidad de plantear una reforma en la educación que contemple, en mayor medida, la perspectiva desarrollada a través de los estudios de género y contribuya, con el tiempo, a generar una nueva mirada más plural y heterogénea, en definitiva, más justa para todos.
Notas:
1. Isabel Velázquez, “El tiempo de las cerezas”, Zehar: revista de Arteleku, nº 43, 2000, p. 20.
2. Rosa María Rodríguez Magda, “¿Feminización de la cultura?”, Debats, nº 76, 2002, p.5.
3. Ibídem, p. 8.
4. El llamado techo de cristal define la existencia de una superficie de carácter invisible que impide seguir avanzando en sus carreras a las mujeres. Numerosos estudios de género apuntan hacia el hecho de que nuestra cultura patriarcal genera dichos obstáculos. Para más información, véase Mabel Burin, “Género y psicoanálisis: Subjetividades femeninas vulnerables”, en Género y psicoanálisis, subjetividad, Paidós, Buenos Aires, 1996, p. 78.
5. Ibídem.
6. Ibídem.
7. Leslie Kanes Weisman, “El derecho de la mujer a un entorno propio”, Zehar: revista de Arteleku, nº 43, 2000.
8. AA.VV., La vida de las mujeres en las ciudades. La ciudad, un espacio para el cambio, Narcea, Madrid, 1998, p. 8.
11. Ibídem.
12. Leslie Kanes Weisman, “El derecho de la mujer a un entorno propio”, Op. cit.
13. Ibídem.
14. Ibídem.


