LOUISE BOURGEOIS, CERRANDO EL CÍRCULO
De la mayoría de artistas célebres no conocemos lo que crearon en su longevidad. Condicionados por las limitaciones de la senectud, suelen quedarse anclados en lenguajes que inventaron, pero para los que ya no encuentran nuevas salidas. Las obras epigonales aparecen entonces como desfiguraciones de su poética. El fracaso es el mejor síntoma de que el artista no se da por vencido: el divino Miguel Ángel se quedaba sin mármol esculpiendo sus escuálidos esclavos, que son el testamento de su idealismo conceptual del arte entendido como expresión radical de la espiritualidad. También el viejo Goya afirmaba: “aún aprendo”. Maestros contemporáneos, como Chagall, Matisse o Picasso, acuñaron formas como logos de su marca para la posteridad y volvieron su vista atrás, revisitando los retos de su juventud y dialogando con los viejos maestros de los que habían aprendido, como en un esfuerzo más por legitimar su ingreso en la historia de los grandes.
Hasta ahora, no conocía ningún artista anciano –es decir, con consciencia de inevitable muerte inminente- que hubiera afrontado la verdad de esta experiencia límite. En la última década, la nonagenaria Louise Bourgeois (1911-2010) cerró el círculo de su indagación sobre la memoria, el sexo y la identidad, dejándonos las imágenes que expresan la experiencia de las horas en radical soledad y volviendo al origen del ciclo de la vida.
Rocío de la Villa
Louise Bourgeois, «HONNI soit QUI mal y pense», La Casa Encendida, Madrid. Hasta 13 de enero de 2013


