CATACLISMO

CONCHA IBAÑEZ, VIAJAR PARA DESPUÉS PINTAR

Concha Ibáñez, Castilla, 1978. Óleo sobre tela, 73 x 92 cm. Colección particular

CONCHA IBAÑEZ, VIAJAR PARA DESPUÉS PINTAR

Mª Ángeles Cabré

Mientras algunos de los poéticos y sugestivos paisajes de la sevillana Carmen Laffón se exponen en el Museo Thyssen de Madrid, en el Museu d’Art de Girona podemos contemplar una sesentena de paisajes de la catalana Concha Ibáñez (1926-2022). Todo un descubrimiento, el de esta pintora desconocida para muchos y muchas, aunque de obra prolífica, que nos dejó hace muy pocos años. Qué gran idea dedicarle una exposición con motivo de su centenario.

Concha Ibáñez destaca en su generación como representante del paisajismo, de ahí que la comisaria, Elina Norandi, haya preferido centrarse en sus paisajes en lugar de realizar una exposición antológica. Sus paisajes son el motor de su obra y en Concha Ibáñez. La evocación del paisaje recorremos sus más destacadas series paisajísticas, que acompañan diversos objetos personales de la artista y materiales complementarios como por ejemplo blocs de dibujo o grabados.

Nacida en Canet de Mar en el seno de una familia trabajadora de origen andaluz, creció en Barcelona y estudió arte en la Llotja, aunque jamás obtuvo título alguno. Antes se había formado como modista, desempeñando dicho oficio durante un tiempo. Así, empujada por la pasión artística, frecuentaba el barcelonés Cercle Artístic de Sant Lluc, donde dibujaba al natural. Persistió en su empeño y se inició profesionalmente en la pintura en 1960, ya que ese año realizó su primera exposición en una sala del paseo de Gracia. A partir de entonces, expuso en numerosas ocasiones tanto en el país como en el extranjero y cosechó una buena recepción. Permaneció soltera y consagrada a su arte, envuelta siempre en una profunda espiritualidad. Y aunque no se trataba de una persona asocial, cultivó la soledad y la trasladó a sus pinturas, donde brillan por su ausencia las figuras humanas.

Concha Ibáñez, Almeria, 1980. Óleo sobre tela, 89 x 116 cm. Colección particular

Entre sus series paisajísticas más conocidas hallamos las dedicadas a Almería (la tierra de sus padres), Castilla, Lanzarote y, cómo no, los paisajes catalanes. Cabe mencionar una particularidad relevante: Ibáñez no pintaba nunca al aire libre, sino que viajaba a un lugar y allí lo fotografiaba y dibujaba, para después evocarlo y plasmarlo sobre lienzo en la paz de su estudio. Desde buen comienzo, lejos de trasladar los paisajes visitados de manera realista, había escogido el camino de las formas y de una representación cercana a la abstracción, y asimismo una paleta de colores de una gran austeridad. Cada viaje daba lugar a una serie, a la cual otorgaba una gama cromática concreta, cosa que distingue unas de otras. La escritora Concha Alós había escrito sobre ella que “solo quería andar y ser pintora”. Así pues, viajar y pintar.

Concha Ibáñez, Lanzarote, 1992. Óleo sobre tela, 90 x116 cm

Le gustaban los desiertos, las islas y los campos infinitos. A los veinte años la sedujo el paisaje árido y despoblado de Almería, la tierra de su familia, y no se cansó de pintarla en tonos ocres. Mientras Lanzarote, teñida de gris, la enamoró ya en la madurez. Allí se prendó no de sus playas sino de sus zonas vinícolas, donde las cepas crecen en pozos excavados en la ceniza volcánica que los protegen del ímpetu del viento. A la Castilla terrosa y amarilla donde crece la colza regresó a menudo en busca de inspiración: Soria, Salamanca, León y también la Mancha fueron algunos de los destinos de sus viajes. Así como el exótico y colorido Marruecos.

Concha Ibáñez, Montseny, 1971. Óleo sobre tela, 81 x100 cm

Por lo que respecta al paisaje catalán, muy alejados de sus obras quedan los Vayreda y los Mir. En la exposición hallamos paisajes marítimos como Cadaqués o Empúries, pero también paisajes interiores como el Montseny. Aquí los colores más empleados son los azules y los verdes, aunque no solo. Concha Ibáñez trabaja la síntesis y va a la esencia, destacando las lindes de los campos o los horizontes marinos, un poco en la línea de lo que hizo Georgia O’Keeffe, aunque sin llegar a disociar los elementos del espacio retratado.

Y finalmente no puedo dejar de mencionar su compromiso feminista, que la llevó a participar activamente durante largos años en el Saló Femení de Arte Actual, lo que le permitió asimismo mantener estrechas relaciones con artistas de su misma franja generacional. Aunque mantuvo también contacto con artistas más jóvenes, como por ejemplo la fotógrafa Colita, quien la retrató.

Concha Ibáñez en su taller de Barcelona, s/d Arxiu familiar Concha Ibáñez. Fotografia: Albert Viñals Gisberta

Concha Ibáñez. La evocación del paisaje, Museu d’Art de Girona. Hasta el 10 de enero de 2027.

Comisariado: Elina Norandi

https://museuart.cat/es/exposicions/concha-ibanez-la-evocacion-del-paisaje/

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