Zineb Sedira, Mother Tongue (2002).
Videoinstalación en tres pantallas que muestra conversaciones entre tres generaciones de mujeres de su familia.
CÓMO EL «ENTRE DOS» SE LIBERA Y EMANCIPA A TRAVÉS DE LA CREACIÓN ARTÍSTICA DE MUJERES FRANCO-ARGELINAS
Sara Messina Ortega
El doble hogar es una metáfora de un entre-dos que no ofrece refugio sino inquietud. Un hogar, en su sentido más íntimo, es lugar de pertenencia, calor, memoria. Un lugar de creación de una identidad digna de uno mismo. Pero cuando este hogar se divide entre dos orillas, Francia y Argelia, lo íntimo y lo político, lo heredado y lo impuesto, surge una tensión que no da reposo. Esa fractura es la que viven tantas mujeres franco-argelinas, atrapadas entre un silencio colonial y una invisibilización patriarcal.
Allí nace lo que podemos llamar el doble hogar de la memoria: no dos espacios fijos, sino una tensión viva, un territorio en construcción, cargado de huellas coloniales, de palabras prohibidas, de relatos fragmentados. Ese doble hogar de la memoria reside en uno mismo y se habita en la fractura identitaria de cada uno. Así no se crea como simple intermedio entre dos culturas sino que se convierte en un acto de resistencia por existir. Frente a esta reafirmación y renegociación identitaria, el arte viene a resurgir lo íntimo y permitir combatir el silencio por una creación sin normas. Como hace surgir bell hooks en Art on My Mind, el arte puede ser una «estrategia de supervivencia». No solo estética, sino política. El arte fue, es y será un medio de expresión de sí mismo, sea autobiográfico o catártico. Es un medio íntimo donde uno se encuentra frente a una idea y a lo material. Frente a un sentimiento que hace vibrar. Frente a un medio que busca expresar lo que a veces las palabras no pueden nombrar. Lo innombrable.
Zineb Sedira
Zineb Sedira, Dreams Have No Titles (2022). Instalación presentada en la Bienal de Venecia,
donde la artista recrea decorados de películas argelinas y su propio salón familiar.
Zineb Sedira, nacida en París en 1963 de padres argelinos y residente en Londres desde hace décadas, ha hecho de la diáspora un método artístico. Su práctica fluye entre la fotografía, el vídeo y la instalación, siempre con el archivo y la transmisión como campos de batalla. En Mother Tongue (2002), filmó a tres generaciones de mujeres de su familia para mostrar cómo la lengua se fragmenta en silencios, traducciones parciales. La obra así muestra la fractura lingüística e identitaria de la diáspora franco-argelina. En Lighthouse in the Sea of Time (2010) exploró la memoria de Argelia a través de sus faros, metáforas de luces intermitentes en medio de la tormenta. Y en Dreams Have No Titles (Bienal de Venecia, 2022) convirtió el espacio expositivo para crear mundos en un plató vivo, donde su salón familiar se confunde con decorados del cine militante argelino. La obra mezcla cine, autobiografía y memoria anticolonial para crear un espacio híbrido entre lo íntimo y lo político. No los elige, los yuxtapone. La exposición se convierte en experiencia inmersiva, en lugar de memoria viva. Sedira no narra la memoria: la performa. El Tercer Espacio, como nombra Homi Bhabha en Lugares de la cultura, es un espacio híbrido en constante movimiento, que se emancipa, que se construye. En ese Tercer Espacio es donde la identidad se forma y se expresa gracias al arte, que funciona como salvoconducto de expresión y de comprensión de lo que nos hace ser uno. Sedira expone ese Tercer Espacio donde no se cuenta: se performa, se encarna. La identidad, lejos de estabilizarse, aparece como proceso inacabado, inestable. Una estética de la ruptura y del collage, donde lo femenino no es adorno, sino centro de la desorientación. Obras como las de Sedira abren fisuras en los relatos petrificados del pasado. El cuerpo, la lengua, la transmisión se convierten en materiales de creación y de subversión. Allí donde el museo se vuelve campo de batalla, donde la imagen dialoga con lo no dicho. Su obra encarna el Tercer Espacio de Bhabha: híbrido, inestable, en movimiento. Allí la identidad no se fija, se encarna en un collage que subvierten tanto lo íntimo como lo político.
Katia Kameli
Katia Kameli, Le Roman algérien (2016-2019).
Videoinstalación en tres capítulos que revisita la historia de Argelia a través de archivos, testimonios y cine.
Otra artista en este ámbito es Katia Kameli, artista y realizadora franco-argelina que asume un rol de “traductora”. Para ella, la traducción no es un simple pasaje entre culturas, sino una práctica artística que desmonta jerarquías entre original y copia, entre archivo y presente. En Le Roman algérien (2016-2019), El capítulo 3 es el corazón: Mondzain habla de la imposibilidad de narrar, Louiza Ammi aporta imágenes de la década negra, Bedjaoui relee a Djebar, y el Hirak irrumpe como presente insurgente. La obra se cierra con la voz de Ibtissem Hattali: “Hoy ha llegado el día en que la mujer arrancará su libertad”. Kameli no archiva: reactiva. Su obra es palimpsesto vivo donde la fractura se convierte en posibilidad de futuro. Kameli no archiva: reactiva. No conserva: reescribe. En su obra, el Tercer Espacio es palimpsesto, territorio vivo donde memoria, cine y emancipación femenina se entrelazan. Su trayectoria, formada en las escuelas de arte de Bourges y Marsella, está marcada por el cruce entre cine, instalación y performance. En Stream of Stories (2015-2021) siguió el recorrido de las fábulas de Kalila wa Dimna desde la India hasta Europa, mostrando cómo la circulación reescribe los relatos. Pero es en Le Roman algérien (2016-2019) donde despliega toda su potencia: un tríptico que mezcla archivos, entrevistas y proyecciones contemporáneas para reabrir las memorias heridas de Argelia.
Yamina Benguigui
Yamina Benguigui, Mémoires d’immigrés, l’héritage maghrébin – Los hijos (1997).
La directora da voz a la segunda generación de inmigrantes magrebíes en Francia.
El cine de Yamina Benguigui abre grietas en el relato nacional francés. Nacida en Lille en 1957, hija de inmigrantes argelinos, fue la primera cineasta en filmar la memoria desde dentro. En Mémoires d’immigrés, l’héritage maghrébin (1997) convirtió la palabra íntima en Historia, desplegando un tríptico de voces —los padres, las madres, los hijos— que rompía con el silencio colonial. “El testimonio hace la Historia”: cada palabra recogida quebraba el silencio colonial y creaba un archivo vivo. Su cine se sitúa entre el testimonio sociológico y la ficción poética: Inch’Allah Dimanche (2001) pone en el centro el cuerpo femenino de la inmigración, atrapado entre el patriarcado heredado y la exclusión republicana, mientras Le Plafond de verre o 9-3 Mémoire d’un territoire revelan las violencias sociales y políticas que atraviesan a la diáspora. Benguigui no filma para reconciliar, sino para confrontar: su cámara obliga a escuchar lo que se había silenciado, a mirar lo que se había ocultado. En su obra, el doble hogar deja de ser nostalgia y se convierte en resistencia.
Dalila Dalléas Bouzar
Dalila Dalléas Bouzar, Princesse (2015-2016). Serie de retratos al óleo sobre lienzo a partir de
las fotografías de identidad tomadas a mujeres argelinas por Marc Garanger en 1960.
Dalila Dalléas Bouzar, nacida en Orán en 1974, es pintora pero también performer y creadora textil. Su obsesión por los cuerpos y los rostros no responde al deseo de representarlos, sino de arrancarlos de la violencia que los quiso someter. En Princesse (2015-2016) reapropia las fotografías coloniales de Marc Garanger, donde mujeres argelinas habían sido obligadas a descubrirse en 1960. Sus retratos al óleo, sobre fondo negro, las transforman en figuras soberanas, tatuadas y coronadas con oro, restituyéndoles una dignidad arrebatada. Pero su trabajo no se limita a la pintura: en sus performances y piezas textiles explora el cuerpo como lugar ritual y colectivo, donde la herida histórica se transmuta en potencia cósmica. Inspirada por Hannah Arendt, entiende el arte como un pensar en presente, como una forma de reconstituir la integridad de los cuerpos violentados. En su obra, el Tercer Espacio no es metáfora: es carne visible, mirada que interpela, memoria que insiste en renacer. Obsesionada por los rostros, entiende el retrato como investigación identitaria y como crítica a las jerarquías patriarcales y coloniales. Entre fuerzas cósmicas y memorias heridas, su arte devuelve luz y presencia a las identidades negadas. En su obra, el Tercer Espacio es un cuerpo que vuelve a mirar, que exige dignidad.
Conclusión
Lo que muestran estas creadoras, en el cine, en la instalación, en la pintura, son las líneas de fractura, las negociaciones, los dolores, pero también las astucias y las potencias insospechadas. El Tercer Espacio aparece entonces no como abstracción, sino como experiencia encarnada, cuerpo que habla, escena política desplazada.
La diáspora franco-argelina femenina encarna hoy este gesto: cineastas, artistas visuales, escritoras y bailarinas que, desde formas heterogéneas, construyen territorios simbólicos donde las fronteras se desdibujan y se reescriben. Allí donde el silencio se transforma en voz, donde lo íntimo se convierte en político, donde el arte abre un espacio de resistencia. No se trata de reconciliación ni de identidad estable. Lo que emerge es una fractura habitada, un desacuerdo sostenido, un devenir conflictivo que no busca solución, sino travesía. Un arte que desestabiliza, que reescribe, que rehúsa obedecer a los centros o a las periferias. Porque el Tercer Espacio, cuando es trabajado por las mujeres, no es un concepto: es un territorio vivo. Un lugar de memoria y de invención, de herida y de resistencia. Un espacio que, en su misma inestabilidad, emancipa.













