ATELIER DE GETA BRĂTESCU
El valor del arte no reside solo en el objeto final, nos enseña esta pionera rumana
María Álvarez
El atelier de un artista plástico se identifica habitualmente con el espacio cerrado que conforman sus cuatro paredes. Sin embargo, Geta Brătescu (Ploiesti, 1926) desdibuja los límites de esta definición e incluye en ella todo aquello que envuelve el recorrido intelectual y material de sus obras, todo aquello que influye y forma parte de su elaboración.
Brătescu, nombre fundamental en el arte conceptual de Europa del Este, explora incesantemente las posibilidades de la creación y va más allá del resultado final, analizando cada paso del proceso creativo desde la exploración de los materiales hasta la observación del espacio, convirtiendo el ambiente en personaje principal de este recorrido. El entorno condiciona, estimula, importa, define la obra tanto como a ella misma. El estudio donde se gestan sus obras toma valor propio como objeto artístico en sí mismo, pero entendido en un sentido amplio que trasciende los muros de una habitación; de ahí el plural en Los talleres de la artista. Talleres son la ciudad donde vive, los materiales y herramientas que utiliza, sus propias manos, su propio pensamiento, sus bocetos… taller es cada realidad que envuelve la obra.
Por eso, la exposición aborda su título desde distintos puntos vista, comenzando por una serie de fotografías a medio camino entre el lirismo y el testimonio documental, en las que Brătescu nos invita a adentrarnos en su atelier en Bucarest: un rincón integrado en el entorno al que pertenece y que, por tanto, no necesita maquillajes para seducir a nadie. A partir de este inicial contacto con su universo creativo, se hilvana un discurso expositivo que ahonda constantemente en la relación indisoluble entre creatividad y ambiente, entre fantasía y circunstancias tangibles, unas circunstancias de las que siempre ha querido formar parte desde dentro, sin dramatismos ni oposiciones descarnadas. Asume y trata de superar la realidad de su mundo en su ideario artístico, de modo que las problemáticas condiciones sociopolíticas de su Rumania natal quedan reflejadas en cada elemento del proceso creativo, incluidos ella misma, su cuerpo y su mente.
En este recorrido plástico por el universo físico e intelectual de Brătescu, destacan sus dibujos y acuarelas abocetados, que atestiguan ideas cambiantes y horas de ensayo entre las paredes del taller y el mundo exterior. También sus características experimentaciones cromáticas en collages y tapices a partir de retales textiles de diferentes texturas. Tanto en unos como en otros, no existe cabida para más artificio que el de la propia fantasía: el deterioro, la suciedad, la pobreza de los materiales se encargan de asentar las obras sobre la más absoluta realidad sin restarle por ello un ápice de belleza. Tampoco merma su atractivo, sino al contrario, su habitual carácter seriado: la incesante exploración cromática y material se convierte en principal elemento estético de estas creaciones, que cautivan al espectador con la naturalidad de quien no lo pretende.
Sin embargo, el principal exponente de la muestra lo constituyen las obras que tienen como protagonista a la propia Brătescu dentro de su estudio. Aplaudida entre la crítica por sus performances y por el uso que hace de su propio cuerpo en buena parte de ellas, en esta exposición vuelve a convencer con varios ejemplos de gran plasticidad.
El happening Towards White (1976) analiza visualmente la metamorfosis que pueden alcanzar el taller y el cuerpo de la artista solamente a través de la experimentación cromática. Por un lado, un montaje de nueve imágenes secuencia la progresiva envoltura del espacio y de la propia Geta en sucesivas capas de material blanco. Por otro, la fotografía compuesta por nueve primeros planos del rostro de la artista, gradualmente oculto bajo una superposición de plásticos que acaban por ocultarlo completamente.
En ambos casos, se manifiesta el deseo de la artista de experimentar con las posibilidades de la invisibilidad y la desaparición física dentro del entorno, así como la fusión del cuerpo y el espacio en una única entidad física.
En la misma línea, los films The Studio y The hand of my body, ambos de 1977, insisten en el protagonismo de su cuerpo y sus manos durante el proceso creativo dentro del taller. Con una total ausencia de cualquier sonido perturbador, se graba a sí misma trabajando en estas dos breves películas donde sus movimientos son presentados como una danza mística que invoca a la imaginación y la fantasía.
El valor del arte no reside solamente en el objeto final, nos enseña esta artista rumana: está implícito en el conjunto espacial y material que permite su consecución. Arte no es solo la obra, si no también cada paso del proceso que conduce a ella.
Geta Brătescu, The Artist’s Studios (Los talleres de la artista), MUSAC, León. Hasta el 29 de septiembre de 2013.
Exposición incluida en el II festival Miradas de Mujeres 2013.






