ROSA BARBA, UN LUGAR PARA UN ÚNICO INDIVIDUO
Aprovechando la penumbra de la Sala 1, explora sobre ambos lados de una pantalla las posibilidades estéticas de la luz en un sugerente juego hipnótico entre la instalación y el espectador
María Álvarez
El ojo y la mente humanos están programados para captar totalidades, incluso para reconstruirlas imaginariamente allá donde intuyen que faltan. Las imágenes fragmentadas resultan tan desconcertantes que de forma automática nos obligamos a reorganizarlas en una representación unitaria que encaje en nuestro conocimiento previo de la realidad. Concebimos cada escena, cada objeto del mundo como un todo acabado, obviando la entidad de sus piezas por separado. Así ocurre con el arte en cualquiera de sus manifestaciones. Un cuadro, una escultura, un espacio arquitectónico, una instalación… parecen no existir fuera de su aspecto final. Tampoco el cine, puesto que contemplamos su resultado y no su proceso; como espectadores, valoramos el conjunto último de la película pero ignoramos en su individualidad cada elemento técnico y estético que lo constituye. Sin embargo, Rosa Barba (Agrigento, 1972) va más allá de esa obviedad y descompone el objeto cinematográfico hasta alcanzar la esencialidad de sus componentes. Indaga en el valor artístico que encierran por sí mismos los elementos fílmicos y descubre en ellos una belleza propia, casi intrínseca.
Un lugar para un único individuo muestra, de forma sugerente, el carácter estético de objetos pertenecientes al mundo cinematográfico, habitualmente arrinconados por el producto final de cualquier film. Aprovechando la penumbra de la Sala 1 y sus condiciones arquitectónicas, Barba recrea un cine muy particular, sin efectos especiales ni estridencias, donde el visitante tampoco disfruta de la última película de moda. Solamente se encuentra con retazos de un original making off, que, mediante una cuidada disposición espacial recoge las claves más líricas de la creación fílmica:
Cuatro párrafos prosificados en varios idiomas –quizá el argumento novelado de una película– forman con sus letras capitales una de las palabras del título original de la exposición (HOME). Iluminados por un foco invisible, se proyectan sobre la pared a través de una gran placa que flota en el aire horadada por ellos mismos. Barba no cede un mínimo rincón para la imagen, invirtiendo el origen histórico del cine, donde eran precisamente las palabras las que se volvían prescindibles para comprender la historia.
Un estudio cromático a partir de distintos filtros que explora sobre ambos lados de una pantalla las posibilidades estéticas de la luz y sus matices de temperatura en función de aleatorias combinaciones cálidas o frías convirtiéndose en un sugerente juego hipnótico entre la instalación y el espectador. Prescindiendo de artificios ni grandes manipulaciones, el elemento lumínico se autoreivindica como un lenguaje expresivo que se basta por sus propias cualidades para provocar distintas emociones estéticas.
A su alrededor, una aparatosa máquina de proyección lanza sobre la gran pantalla situada en el extremo más oscuro de la sala una llamativa superposición de signos gráficos e imágenes en blanco y negro musicalizada únicamente por el sonido propio de sus engranajes mecánicos. La interpretación del espectador debe completar la obra, aportando una subjetividad que aumenta al visualizar el otro lado de la instalación. En él, como por arte de magia, se reproduce incesantemente una grabación que permite, por la ubicación de la pantalla –a modo de telón rozando el suelo– una completa integración del espectador en el proceso de proyección. Sin embargo, no es el único momento del recorrido donde se estimula la imaginación del público: también ante la montaña de celuloide en blanco que brota de un tercer proyector, huyendo de cualquier narración impuesta. También, sin duda, completar la visita paseando por los patios anexos a la sala, adonde que llegan los sonidos, los destellos y las siluetas de una exposición que no puede dejar indiferente, porque nos invita a vivir el séptimo arte desde una perspectiva desconocida y nos descubre su belleza más íntima.
Rosa Barba, Un lugar para un único individuo, MUSAC, León. Hasta el 9 de junio de 2013.
Exposición incluida en el II festival Miradas de Mujeres 2013.


